Como Fundación San Pablo Misionero, nos conmovemos tras los lamentables hechos ocurridos en un colegio en Calama. Es por ello, que compartimos la carta de Matteo Severgnini, responsable de los bachilleres, del movimiento Comunión y Liberación, quien, reflexiona sobre el apuñalamiento a una docente, en un establecimiento educativo de Italia. «Hace falta una comunidad educativa de adultos que compartan la vida como camino para descubrir lo indispensable».
La sangre derramada en los pasillos de un instituto y la carta de una profesora no son solo un caso de la crónica de sucesos. Son un violento impacto contra nuestra vida en calma, que deja al desnudo nuestra condición humana. Cuando un muchacho de trece años llega a intentar asesinar a su profesora y cuando ella al día siguiente escribe una carta llena de paz y de «gratitud conmovida», no podemos conformarnos con meros análisis en busca de causas y soluciones; hay que bajar hasta el abismo de un corazón humano que es capaz de todo. ¿Quién podrá abrazar, comprender, sondear a fondo este corazón nuestro tan potente y contradictorio?
La carta escrita por el responsable de la agresión nos pone delante un drama tremendo. La necesidad que expresa en sus primeras líneas, si no acepta abrirse a una mirada capaz de reconocerla, sacarla a la luz y amarla en toda su profundidad, puede acabar tomando una deriva violenta e impenetrable como así ha sido. En este sentido y a este nivel, los jóvenes de hoy no son tan distintos de los de antes, aunque viven sujetos a unos imperativos culturales y mediáticos mucho más capilares. Hace treinta años, una chica de veinte años decidió quitarse la vida y dejó escrita una nota que decía: «He tenido en la vida lo necesario y lo superfluo, pero no lo indispensable». Hoy abunda lo superfluo, pero lo indispensable –ese nexo que une el cansancio de levantarse por las mañanas con un sentido y un destino buenos– parece brillar por su ausencia cada vez más. Sin eso, vence la desesperación que se convierte en rabia y puede degenerar en violencia, con uno mismo y con los demás.
Debemos ayudarnos por tanto a identificar la verdadera pregunta de los jóvenes, que ya expresaba Pavese: «¿Vale la pena que el sol se levante del mar y la larga jornada comience?». Sin duda, la respuesta a ese interrogante existencial no llegará mediante nuevas estrategias de control, sino solo por la presencia de hombres y mujeres capaces de abrazar el corazón hasta ese abismo radical, con ese deseo inextirpable de bien.
Me han impactado profundamente las palabras que la profesora, Chiara Mocchi, ha dictado desde su cama en el hospital: «Quiero que sepáis que no siento rabia ni miedo en el corazón… esta herida no debe erigir un muro, sino un puente». En estas palabras se vislumbra un amor que va increíblemente más allá del dolor físico y moral. Mientras las heridas todavía duelen, Chiara no cede al resentimiento, sino que reafirma su vocación: «Volveré a enseñar y a creer en los jóvenes».
Es un testimonio de esperanza invencible para todos nosotros. Es el ofrecimiento, gratuito y sorprendente, de eso indispensable que todos esperamos. Nos dice que la vida está hecha para ser donada, que la vocación es una tarea que asumir delante del mundo que no decae ni ante el mal más incomprensible. Es la prueba de que existe una mirada capaz de no reducir al otro –incluso a quien te ha agredido– a su error.
Decía Luigi Giussani (sacerdote fundador del movimiento Comunión y Liberación) que «si se diera una educación del pueblo, todos vivirían mejor». Era una constatación. El problema de la convivencia humana, a todos los niveles, nace siempre de un problema educativo. Si los adultos nos pusiéramos en camino para volver a ser auténticos educadores, si nos ayudáramos humildemente a vivir un camino cotidiano para aprender y testimoniar el valor de lo indispensable, si nos ayudáramos a vivir esta vocación de amor incondicional, el mundo estaría mejor. Pero es evidente que un profesor, una persona limitada como todos, no puede afrontar este abismo solo. Necesita una comunidad educativa, un grupo de adultos que compartan la vida como camino para descubrir lo indispensable, algo capaz de colmar el abismo de nuestro corazón.
Este suceso nos invita a todos, profesores o no, a no mirar para otro lado. Nos desafía a estar delante de los jóvenes testimoniando que el bien existe y que no estamos solo en la lucha contra la oscuridad. Con su carta, la profesora Mocchi también nos recuerda que todos necesitamos a Alguien que no huya delante de ese abismo, sino que nos diga: «No temas porque yo estoy contigo». Eso es lo indispensable por lo que vale la pena que el sol, mañana, vuelva a levantarse del mar.
Artículo publicado en el diario La Verità, 29 de marzo de 2026