Por una nueva cultura educativa

El suicidio de una profesora por el acoso y maltrato de su alumna y apoderado, en Antofagasta, y, ahora, el suicidio de una estudiante por acoso y maltrato de tutoras en su centro de práctica en Santiago, son hechos que ojalá nos remezcan y muevan nuestras preguntas. Estamos viviendo y permitiendo una sociedad en la que nuestra fragilidad hace percibir como enemigos a quienes deberíamos acoger, abrazar, y con quienes deberíamos estar dispuestos a crecer. Una relación educativa debería ser siempre una oportunidad mutua de crecimiento y aprendizaje.

¡Qué tristeza tan inmensa ver el desprecio con el que descuidamos este tesoro que se nos ha confiado: la posibilidad de educar y ser educados!

«En la clase del señor Bernard sentían por primera vez que existían y que eran objeto de la más alta consideración: se los juzgaba dignos de descubrir el mundo.» Decía Camus, recordando a su querido profesor. Esta «alta consideración» se cultiva día a día, se siembra, se cosecha, y, lamentablemente, se puede perder. No basta con compararnos al pasado: “antes había más respeto; antes resistíamos más una circunstancia difícil”. Necesitamos hoy una cultura educativa en la que nuestra dignidad sea siempre exaltada y estemos dispuestos a corregirnos -y ser corregidos- sin humillarnos, a dialogar sin denostar, y, aquí, pueden servir los protocolos, pero nunca serán suficientes, porque todos tenemos algo que aportar: la familia, los estudiantes, los profesores, las instituciones, el Estado.

Hemos deformado tanto la cultura educativa, que tenemos miedo unos de otros y «la amenaza» se volvió natural en los lugares donde debería prevalecer el respeto. Cuando la familia, el estudiante, el profesor o cualquiera de los que protagonizamos la educación, cruzamos esta línea sagrada de la consideración y el respeto, relativizamos el valor de lo que somos. Y, sin embargo, estoy convencida de que «La dignidad humana es indestructible». Lo afirma Victor Frankl, humillado, perseguido, discriminado y despojado de todo en un campo de concentración. ¿Cómo podemos afirmar algo así? Descubriendo, buscando siempre una posibilidad de amar y crecer. Cuidando aquellos encuentros en los que descubrimos quiénes somos realmente y no «cuán útiles, eficientes podemos ser».

Ojalá nuestro trabajo pueda aportar para generar en el presente, una posibilidad de educar y -educarnos- en relaciones mutuas de la «más alta consideración» con el otro, donde cada uno descubra el valor infinito de su dignidad humana. Si nos identifica este deseo, cada día puede ser una oportunidad de construir…

Paula Giovanetti

Profesora

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